domingo, 12 de mayo de 2013

Veneno


La serpiente dobló su cuerpo y, con tarda precisión, asestó la mordida que dejó marcas de espuma blanca en el vientre del hombre. El veneno, como un suero incandescente, él lo sintió subir hasta su cabeza. Sus ojos comenzaron a sangrar.

Aunque su cuerpo estuviera quieto, las visiones del hombre consumieron el fuego que quemaba su mirada desde el interior. A través del laberinto, la bestia lo buscaba. Perseguía, en cada esquina de sus venas, latidos perdidos para darles muerte.

La luz de la luna se desvaneció. Y el sinuoso camino del bosque se perdió detrás de la ranura en el ojo del reptil. El viento entre las hojas, el eco lejano del sol, los pájaros disfrazados de agujas, lo acompañaron al fondo del marasmo.


Daniel Solache